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jueves, 4 de enero de 2018

Historia de Charlene Carvalho Heineken

Charlene nació en Amsterdam el 30 de junio de 1954. La familia de su madre, Lucille Cumming, norteamericana natural de Kentucky, era dueña de diversas destilerías de bourbon. Precisamente el mismo año en el que Charlene vino al mundo, Freddie había recuperado para los Heineken su participación mayoritaria en una empresa que su abuelo creó y su padre vendió. Gerard Adriaan Heineken (1841-1893), el patriarca y fundador, se hizo en 1864 con la firma cervecera Haystack (sus orígenes se remontaban a 1592), a la que cambió el nombre y con la que marcó la diferencia introduciendo, por vez primera, el control de calidad. Pronto se convirtió, dentro del sector, en la firma más poderosa de Holanda. Cuando Freddie recompró las acciones tras conseguir un préstamo de 122.000 libras (cuenta la leyenda que, para impresionar, se plantó en la puerta del banco con un Rolls-Royce de alquiler), puso en funcionamiento el arsenal de enseñanzas y doctrinas adquirido a lo largo de sus años de estudios en Estados Unidos. No sólo manejaba el márketing con especial habilidad; su genio creativo tiñó su marca de un verde bastante indiscreto y la hizo mundialmente grande. «Yo no vendo cerveza, vendo alegría», decía.
Se licenció en derecho por la Universidad de Leiden en 1974. Completó sus estudios con una diplomatura en lengua francesa y pronto empezó a trabajar, primero en una agencia de publicidad y después en un estudio de arquitectura. La discreta hija del magnate cervecero siempre tuvo claro que dedicaría su vida a sus propios asuntos y rehuyó la vida de lujo y ostentación que llevó su padre, el propietario de Heineken, muy relacionado con la familia real holandesa, a quienes incluso solía prestar su yate.
Pese a todo, Charlene nunca descartó la posibilidad de trabajar para la empresa que con tanto trabajo construyó su padre y, finalmente, cedió a los deseos de éste.
Charlene Heineken se casó con Michel de Carvalho, un ex actor de padres anglobrasileños que participó en la superproducción Lawrence de Arabia, y que también formó parte del equipo de esquí del Reino Unido en los Juegos Olímpicos de Invierno de Grenoble ’68, Sapporo ’72 e Innsbruck ’76. Carvalho demostró pronto que estaba dotado para el mundo de los negocios, pero tuvo mucho cuidado en mantenerse a la sombra de su esposa, quien de una manera progresiva asumió varios cargos de responsabilidad en Heineken. A principios de la década de los ochenta, Charlene se introdujo en el sector cervecero y trabajó en varias fábricas de la empresa en los Países Bajos y Francia.
En 1988 Freddy Heineken consideró que su hija ya estaba preparada para asumir responsabilidades, y la futura heredera fue nombrada miembro del equipo de dirección de Heineken, cargo que ocupó durante catorce años y desde el que aprendió todo sobre el mundo de la cerveza y de los negocios en general. Pese a ello, siempre mantuvo la máxima discreción y declaró en repetidas ocasiones que prefería pasar el tiempo libre en compañía de su familia.
El 3 de enero de 2002 falleció Alfred Heineken. Charlene, pese a las reticencias iniciales, asumió la dirección de la empresa entre un mar de dudas sobre el futuro inmediato de Heineken. Criticada por los biógrafos de su padre, que trazaron de ella un perfil poco empresarial, también se le atribuyeron cualidades e inteligencia suficientes para manejar con éxito la empresa.
La lucha entre los partidarios de conservar el poder familiar y los de exponerse a ofertas agresivas para crecer estaba servida. En 2003, Heineken pasó a ser la primera compañía cervecera de España merced a la compra de las españolas El Águila y Cruzcampo; entonces tuvo lugar el relevo del presidente ejecutivo y mano derecha del patriarca, Karel Vuursten, por el segundo de a bordo, Tony Ruys.
Una de las pocas declaraciones al respecto de Michel de Carvalho fue que el cambio significaba «continuidad» en la política tradicional de la empresa. Por el contrario, los analistas aseguraron que, pese a ignorar cuál era la implicación de Michel de Carvalho en la compañía, sus aportaciones a Heineken habían transformado ligeramente la política tradicional de la casa.

A principios del siglo XXI la empresa se debatía en un agresivo mercado en el que era imprescindible tener liquidez para invertir en la adquisición de marcas, y su máxima rival europea, la belga Interbrewer, amenazaba con arrebatarle el lugar de privilegio que tanto le costó conseguir al patriarca Heineken. Pero, a la vez, el control familiar que ejercía la flamante presidenta, aconsejada y apoyada por su marido, la libraba de ser absorbida por Coca-Cola y otras multinacionales del sector.

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